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La Orientación Victimista

 
Isabel Sala
Cada uno de nosotros tenemos una orientación frente al mundo, un punto de referencia, una posición mental que determina nuestra dirección en la vida. David Emerald, en su libro The Power of TED*, lo compara muy acertadamente con una brújula.  La brújula nos facilita un punto de referencia indicándonos cuál es el Norte y a partir de él podemos trazar una ruta. Nuestra orientación, o nuestro punto de partida mental, tienen mucho que ver con la dirección que tomamos en nuestra vida. Es decir, que nuestra orientación determina bastante lo que será nuestra experiencia vital.
 
Aquello en lo que ponemos el foco de nuestra atención va a condicionar nuestra forma de actuar. Cualquier cosa en la que ponemos el foco de nuestra atención va a provocar en nosotros algún tipo de respuesta emocional, un estado interno. Por ejemplo, si nos sentamos en un camino de montaña y nos dedicamos a observar por un rato las cumbres, los prados y las vacas pastando en ellos, es fácil que sintamos un estado interno de calma y serenidad. Ese estado interno nos motivará a actuar de una determinada forma; motivará nuestro comportamiento. Siguiendo el ejemplo anterior, el estado interno de calma y serenidad puede movernos a reducir nuestra velocidad y a la contemplación o la introspección, por ejemplo, lo cual es por lo general más complicado si nos sentamos en un banco de una avenida muy transitada de cualquier gran ciudad.
 
En la Orientación Victimista, el foco se pone en un problema. La Víctima pone su foco de atención en su Perseguidor al que identifica como la causa de sus males; o el Perseguidor en la Víctima, a la que ve como un problema. El problema puede ser una persona, una condición o una circunstancia de nuestra vida como ya vimos en publicaciones anteriores.
 
El poner la atención en un problema nos genera invariablemente un estado interno de ansiedad, que es el estado interno habitual de la Orientación Victimista y que puede ir desde un cierto malestar o molestia hasta un auténtico terror. Ese estado interior de ansiedad pone en movimiento un comportamiento, que es como una especie de reacción, y que suele ser bien luchar, marcharse o quedarse paralizado.

La mayoría de las personas pasan una parte muy importante de su tiempo buscando soluciones a problemas de todo tipo; los problemas constituyen el centro de su vida, lo que recibe toda su atención.
 
Cada uno de los tres roles que conforman el Triángulo Dramático ve a los otros roles como problemas a resolver.
 
Cuando funcionamos con la Orientación Victimista, tenemos la ilusión de que estamos reaccionando frente a un problema, cuando de hecho estamos reaccionando frente a la ansiedad que nos genera ese problema. No nos movemos tanto para solucionar el problema actuando sobre sus causas, como para terminar con el malestar que nos provoca la ansiedad. Si no sentimos ansiedad perdemos la motivación para hacer algo al respecto del problema. Así que de hecho si seguimos esta Orientación, necesitamos de problemas para seguir moviéndonos!
 
Si la acción que llevamos a cabo para disminuir la ansiedad es eficaz, ésta disminuirá pero el problema seguirá ahí intacto porque no hemos actuado sobre él. La menor ansiedad “nos dará la sensación” de que las cosas están mejor y nos relajaremos, pero es cuestión de tiempo que el problema vuelva a emerger generándonos cada vez mayor ansiedad. 
 
Esos problemas que parecen volver de forma recurrente una y otra vez en nuestra vida, con casi total seguridad nos mantienen funcionando dentro de una Orientación Victimista. Los problemas prácticamente nunca se resuelven desde una Orientación Victimista. Para solucionar un problema de raíz, generalmente es necesario poner nuestra atención en el medio y largo plazo, y en la Orientación Victimista esto no es posible porque al disminuir la ansiedad perdemos la motivación.
 
Un claro ejemplo de esto lo tenemos en los casos de maltrato de cualquier tipo: el verdugo maltrata a la víctima, luego le pide perdón y con ello reduce la ansiedad que le produce el sentimiento de culpa; las cosas van bien por un tiempo hasta que la vuelve a maltratar. Porque pidiendo y recibiendo perdón, ha reducido su sentimiento de culpa (mejora el malestar que le genera su estado interno) pero no ha actuado sobre la causa de esa violencia, que es el verdadero problema y sigue ahí intacto.
 
El Triángulo Dramático es la consecuencia de vivir con una Orientación Victimista. En dicho triángulo, como hemos visto, se dan solo tres posibles reacciones: pelear, marcharse, o quedarse paralizado. La Víctima puede enfrentarse a su Perseguidor y acabar intercambiando roles con él; o puede apartarse de él y buscar un Salvador que le proteja; o puede quedarse paralizada (puede quedarse bloqueada, paralizada, insensible ante el dolor que le produce el Perseguidor: adicciones de cualquier tipo, alcohol, juegos, trabajo, sexo...).
 
Generalmente cuando reaccionamos desde la Orientación Victimista, acabamos  agravando el problema que queríamos resolver. Por ejemplo: cuando una persona ha tenido relaciones personales en las que ha sido abandonada, no es infrecuente que desarrolle un miedo al abandono. Tiene como un radar que la hace hipersensible a los pequeños signos de que la otra persona va a abandonarle (pareja, amigo, etc) y empieza a reaccionar ante cada posible pista de que “algo va a salir mal”. Se vuelve insegura y dependiente. Se aferra con tanta fuerza y se concentra tan intensamente en esa relación, que la otra persona empieza a sentirse asfixiada o presionada y reacciona apartándose de ella. Que es exactamente lo que se quería evitar… Esto es así porque se reacciona actuando para disminuir el miedo que se siente de ser abandonado (emoción = estado interno) en lugar de actuar sobre el problema que lo causa (falta de autoestima, falta de seguridad en uno mismo, sentir que no se es suficientemente bueno para ser amado, etc).
 
Cuando estamos metidos en esta dinámica, creemos que nuestros problemas están “ahí afuera” creando nuestro sufrimiento y no nos damos cuenta de cómo nuestras propias reacciones contribuyen a ese sufrimiento. Pensamos que el dolor existe en nuestro entorno y si podemos arreglarlo ya sea luchando, huyendo, o quedándonos paralizados, nuestra vida será mejor o más fácil.
 
Hay Víctimas que son reales (guerras, abusos, hambrunas…). Pero si bien es cierto que algunas circunstancias no las generamos nosotros, también es cierto que la forma en que reaccionamos ante esas circunstancias puede generar todavía más sufrimiento y mantener este ciclo activo.

El Triángulo Dramático (y VI): Cuando elijo ser el Salvador

 
Isabel Sala
Para acabar con esta serie de publicaciones en las que hemos ido desmenuzando los distintos roles que forman parte del Triángulo Dramático, vamos a observar el papel del Salvador desde un punto de vista diferente: cuando somos nosotros los que elegimos colocarnos en ese papel y focalizar nuestra energía en salvar a alguien o nos dejamos arrastrar por alguna Víctima al papel de ser su Salvador.
 
Es frecuente que el Salvador se sienta rechazado o disgustado cuando la Víctima no hace lo que le sugiere que haga o no valora la ayuda que le brinda. Entonces se siente un mártir y cambia al papel de Víctima, convirtiendo a la Víctima en su Perseguidor(“con todo lo que me esfuerzo por ayudarte y tú no haces caso de lo que te digo, y así te va…”).
  
Igual que vimos en la publicación anterior pero en sentido contrario, en el tema que nos ocupa actuamos como Salvadores cuando de forma más o menos sutil intentamos imponer nuestra experiencia en el OD a otras personas que están dentro o que ya han salido. Cuando damos por supuesto que todo el mundo está mejor fuera del OD porque nosotros lo estamos, cuando damos por supuesto que todos deben salir del OD o de lo contrario no están siendo honestos.  Estamos de hecho intentando salvarles de algo que consideramos malo pero sin contar con su opinión y sin respetar su decisión al respecto. Cuando queremos que salgan y que salgan ya, cuando nos molesta que no nos hagan caso, cuando no respetamos y comprendemos que cada persona es ella con su conciencia y sus circunstancias, estamos de hecho intentando “salvarles” y sintiéndonos ofendidos porque no hacen caso de nuestros consejos o nuestra experiencia, porque sentimos que no somos bastante buenos como para que lo que decimos sea tenido en cuenta. Cuando nos empeñamos en hacerles ver las cosas como nosotros las vemos ahora sin conseguirlo, o cuando incluso lo rechazan y nosotros nos enfadamos y/o ofendemos por ello, estamos actuando como Salvadores transformados en Víctimas o incluso en Perseguidores.
 
Es importante darse cuenta de que cada persona es libre de seguir o no nuestros consejos en su propia vida y el hecho de no seguirlos no quiere decir que se equivoque (ni que nuestros consejos no sean fantásticos). Cada persona tiene un camino que andar (el suyo solamente) y lo anda lo mejor que sabe y puede en cada momento. Cuando se nos pide consejo o si pensamos que debemos dar nuestra opinión al respecto de lo que sea, somos de mucha más ayuda si somos capaces de darlo con desprendimiento, dejando un “espacio” de respeto para que la persona se sienta libre de aceptarlo o no. Es lo contrario de lo que aprendimos en el OD si te fijas, donde los consejos son órdenes tajantes (“un por favor es el imperativo más fuerte”) y donde no se deja el más mínimo resquicio para elegir libremente. 
 
Cada uno de nosotros podemos colocarnos en cualquiera de los tres papeles del Triángulo Dramático de forma más o menos permanente, pero por lo general los alternamos según las circunstancias. Con frecuencia permitimos que otras personas nos empujen a desempeñar un determinado papel. Estos tres papeles pueden ser obvios y  explícitos,  o sutiles y seductores. Por ejemplo, el Salvador puede ser una cerveza más, una partida de videojuego más, o un amigo que te dice "es tremendo eso que te han hecho, pobre..."mientras tú te quejas de algo que te ha pasado. Hay una fina y en ocasiones sutil línea que separa el escuchar a alguien para que se desahogue y el actuar como su Salvador. Cuando permitimos que una persona se desahogue narrando episodios negativos de su vida y al finalizar la conversación vemos que no ha habido ni un ápice de construcción en positivo, ni por su parte ni por la nuestra, es fácil que con la mejor intención hayamos estado jugando el papel de Salvador con esa persona.
 
Cuando se vive en este Triángulo Dramático, uno está constantemente mirando hacia afuera para justificar lo que le pasa, culpar a un tercero de sus miserias y desgracias y encontrar a algo o alguien que le salve y le haga sentir seguro y bien. Cuando se mira al pasado desde esta perspectiva, se le ve lleno de Víctimas, Perseguidores y Salvadores, y es fácil dar por supuesto que el futuro será más de lo mismo. Uno se siente vendido, sin capacidad de actuar sobre su vida, dependiendo de otros. Como sientes que has sido una Víctima en el pasado, proyectas tu futuro para evitar ser unaVíctima otra vez, con lo que es fácil que te conviertas en un Perseguidor del que en su día te persiguió a ti.
 
 
Cuando asumimos que esta es sencillamente la forma en la que son las cosas, esta creencia (falsa creencia) pasa a nuestro subconsciente y nos comportamos de esta forma, perpetuando el Triángulo Dramático y auto-cumpliendo nuestra propia profecía. Pero este triángulo es en realidad una mutación tóxica de lo que son las relaciones humanas. En próximas publicaciones veremos cómo salir de este triángulo y cuál es la alternativa a estos tres roles.